Caesar Adrian Albarracín Guncay, Marzo 9 de 2024 - Mayo 27 de 2026. QDEP
El pasado miércoles 27 de mayo la vida dio un giro de 180 grados para la familia del niño César Adrián Albarracín Guncay, cuando un paseo escolar, que representaba alegría y diversión, terminó en tragedia y apagó su existencia de manera abrupta e inexplicable.
La noticia estremeció no solo a sus padres y allegados, sino a toda la comunidad latina del East End. A los estudiantes de la escuela Pierson, algunos de los cuales iban en el fatídico paseo, a los profesores y directivas de la institución que han sentido como propio el dolor de la familia y a todo aquel que se enteró de la noticia y se solidarizó con sus dolientes.
Una semana después de la partida del niño de 12 años de edad, la iglesia de Bridgehampton se vistió de azul cielo. Todos los asistentes cumplieron con rigor el pedido de la familia de llevar ropa de ese color, para rendirle homenaje al pequeño. Decenas de personas abarrotaron el templo para manifestar en silencio su respeto a la familia y acompañar, así fuera con un simple gesto, una mirada, una oración o un abrazo, a esa madre y a ese padre, embargados por la tristeza.
“César se fue como los grandes”, dijeron los padres del niño a Tu Prensa Local.
Y no se equivocan: Una caravana interminable de vehículos, que acompañó el carro fúnebre desde la iglesia Queen Of The Most Holy Rosary en Bridgehampton, hasta el Cementerio Saint Andrews, en Sag Harbor, era testimonio del amor que generó en la comunidad este pequeño, que llevaba escasos 5 años viviendo en los Estados Unidos, a donde había venido para reencontrarse con su padre, tras 6 años de separación.
“Por problemas económicos su papá tuvo que emigrar a Estados Unidos. Cesar tenía un año y 6 meses cuando su papá migró. Y el tenía la esperanza de volver a encontrarse con su papá. Nunca perdieron la comunicación y el amor de padre e hijo”, dijo Delia Guncay, madre de César.
César Adrián Albarracín Guncay, en su cumpleaños número 9. Foto Cortesía
César era un pequeño inmigrante. A sus 12 años ya sabía lo que era recorrer caminos y cruzar fronteras para llegar a los Estados Unidos.
“Cuando tenía 12 años emigró con su mamá a los Estados Unidos para reencontrarse conmigo. No fue fácil el camino que recorrieron para llegar a su destino, pero la esperanza de ver a su papá fue más fuerte ya que no tenían un estatus para venir legalmente”, cuenta Cesar Albarracín, padre del niño.
Tras sortear toda suerte de obstáculos llegó a Sag Harbor, donde tuvo que aprender un nuevo idioma, buscar nuevos amigos y convertir en hogar, su nueva casa.
“Fue difícil para él al principio, ya que no sabía inglés, pero hubo muchos niños y maestros que lo ayudaron a aprender”, dijo su madre. “El aprendió muy rápido ya que era un niño que tenía la ilusión de superarse”.
El menor es descrito por allegados y conocidos como un niño lleno de virtudes, que soñaba con convertirse en futbolista profesional. El arte y el deporte eran sus grandes pasiones y ayudar a sus padres, la meta que se había impuesto a su corta edad.
“Uno de sus anhelos era tener su casa y nosotros logramos cumplirle el sueño. Pasamos poco tiempo ahí, pero fueron momentos maravillosos que vivimos juntos. Pasamos una nevada inolvidable”, dicen sus padres.
El otro gran sueño de su vida era volver a abrazar a su hermano de 16 años, quien se encuentra en Ecuador y planea venir próximamente a los Estados Unidos. El destino se lo llevó antes de que pudiera cristalizar ese anhelo. También quedó pendiente recibir la Primera Comunión, sacramento para el cual se estaba preparando con gran ilusión.
En medio del dolor incalculable de la muerte de un hijo, a los Albarracín Guncay los sostiene en estos momentos el amor de la comunidad, que los ha apoyado y les ha hecho sentir de múltiples maneras, que no están solos.
“La escuela está con nosotros en todo momento, la comunidad ha sido muy generosa. Traen comida todos, están atentos a todo, queriendo ayudar, al igual que la escuela que está muy al pendiente de mis hijas, ya que él era como un hermano para ellas”, dijo Lourdes Yaren Albarracín, prima de la familia y quien compartió la vivienda con César por espacio de 5 años. “Gracias a Dios fue un niño noble. Sus papás no son tan conocidos, pero tenían un hijo maravilloso que en su corta vida hizo lo increíble”.
“Quienes amamos nunca se van del todo: permanecen para siempre en nuestros corazones”, Familia Albarracín Guncay.
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