Una madre soltera que hasta el jueves de la semana pasada vivió en inmediaciones de Riverhead, decidió acelerar su proceso de auto deportación tras conocer que tenía un tumor en el cerebro y que necesitaría una cirugía de emergencia. Ahora, desde su tierra natal, El Salvador, clama para que la que era hasta hace unos días su comunidad, le brinde apoyo en estos momentos de angustia.
Rosa del Carmen Gómez, había llegado a los Estados Unidos hacía 6 años, con la ilusión de trabajar para proveerle sustento a sus dos hijos, a quienes dejó a cargo de su mamá, mientras buscaba afianzar su vida en Long Island y construir las bases para su futuro. Dice que desde que llegó a nuestra área desempeñó diferentes trabajos: en el centro de reciclaje de Mattituck, en una finca cortando frutas y en la última etapa de su estadía en este país, en una peluquería, siempre con la mentalidad de proveerle sustento a sus seres queridos.
“Para construir nuestra casa y vivir obviamente con mis hijos”, dice Rosa. “
Sin embargo, ella asegura que de un tiempo para acá su cuerpo empezó a hablarle. Extraños síntomas le indicaban que algo no estaba bien.
“Fíjese que yo tenía mucho cansancio, visión borrosa, mucha ansiedad y como pesadillas”, añade.
Ella pensaba que todas esas molestias eran resultado del stress que viven muchos miembros de la comunidad inmigrante en estos momentos, por el miedo a ser arrestados por las autoridades migratorias. También le adjudicaba sus males a la tristeza y la soledad, ya que no contaba con ningún familiar en este país. Nunca imaginó que fuera algo grave, porque había ido al médico en varias ocasiones y todo parecía en orden. Incluso en dos oportunidades donó sangre y su salud estaba en regla, dice. Sin embargo con el paso de los días las cosas fueron empeorando, hasta que la semana pasada protagonizó una verdadera emergencia.
“El día jueves me dio un ataque, yo estaba hablando con mi hija en El Salvador. Yo ya no recuerdo nada de ese momento. Mi hija de preocupó y le habló a mi novio y él vio las cámaras de la casa y yo estaba acostada con ataques de epilepsia”, cuenta Rosa. “Tumbaron la puerta los vecinos para irme a sacar y de ahí no supe nada hasta que despierto en el hospital”.
Como ella misma lo narra, en un abrir y cerrar de ojos, pasó de vivir un día normal a estar recluida en el hospital de Bay Shore, donde tras una serie de exámenes, los médicos le dieron un diagnóstico aterrador.
“Me diagnosticaron que yo tengo un tumor en el cerebro. Dicen que es un poco grande, que me está afectando el recuerdo, el movimiento de mis extremidades, tengo choques nerviosos en mi rostro y me dan ataques de epilepsia”.
Cuando los especialistas le dijeron que era urgente que se hiciera una cirugía en el cerebro, Rosa, quien ya adelantaba un proceso de auto deportación, agobiada por la situación del país, no dudó ni un segundo en adelantar el viaje. No quería pasar por una cirugía de alto riesgo, sin el apoyo de ningún ser querido, dice. Así que de inmediato tomó la decisión de partir y el lunes de esta semana arribó a la municipalidad de Zaragoza, en el departamento de La Libertad, El Salvador.
Al llegar a su país fue recluida de urgencia en un centro asistencial y el diagnóstico fue confirmado: tiene una masa en la región frontal derecha y le han programado una cirugía de altísima complicación, para el 9 de marzo.
“Me van a operar y sólo Dios sabe cómo voy a quedar”, dice, en medio de su angustia.
Hace unos meses, cuando Rosa sometió los documentos para diligenciar su auto deportación, planeaba montar en El Salvador un pequeño salón de belleza para seguir velando por el sustento de su familia. Sin embargo por ahora esos sueños se encuentran congelados, ya que su situación médica no le permite trabajar en estos momentos.
“Yo traje mis máquinas de la peluquería y estaba pensando poner mi salón aquí en mi casa, dijo. “Ese era mi sueño, primeramente Dios. Los médicos dicen que todo tiene su peligro pero que hay que confiar en Dios. Si todo sale bien, yo voy a volver a hacer mis cosas normalmente, en el nombre de Dios”.
Mientras llega el momento de hacer realidad sus planes, ella necesita ayuda. Por eso ha decidido apelar a la gente de buen corazón de nuestra área, para que le colabore con los recursos que requiere en estos momentos para sobrevivir y mantener a sus dos hijos. Asegura que solo los inmigrantes como ella, con sueños, angustias, miedos, luchas y batallas, pueden entender lo que está viviendo.
“Yo estoy contenta porque ya estoy con mis hijos, pobremente pero feliz. Porque somos muy humildes”, dice Rosa. “Yo desearía decirles que si me echan la mano, con lo que Dios ponga en sus corazones, porque soy una madre soltera, tengo dos niños menores que están estudiando y yo quiero sacarlos adelante”.
Si usted desea contribuir con esta causa, solo haga click aquí. De dólar en dólar, se puede lograr que esta madre soltera se libere de la angustia de no tener con qué suplir las necesidades básicas de sus hijos, mientras lucha por salvar su vida. No se necesitan grandes aportes, cualquier cantidad, por pequeña que parezca, hará la diferencia en estos momentos de tanta confusión.
